Preocuparse no quita los problemas de mañana, solo quita la paz de hoy

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Te pasas la vida pensando en lo que puede salir mal mañana, en escenarios que todavía no existen, en cargas que aún no te corresponden. Y mientras tu mente corre hacia el futuro, tu corazón se queda sin paz hoy.  Jesús nunca te pidió que vivieras adelantado al dolor, te invitó a confiar, a descansar, a vivir un día a la vez, cuando dijo no se afanen por el mañana porque el día de mañana traerá su propio afán, basta a cada día su propio mal Mateo 6:34. La preocupación no te protege, solo te roba la calma, la fe y la fuerza para enfrentar lo que sí está pasando ahora.  Hoy puedes elegir soltar, respirar y creer que Dios ya está en ese mañana que tanto temes. Cuando confías, no es que los problemas desaparecen, es que ya no caminas solo cargándolos.

Los Reyes de Israel/Abimelec

Abimelec


Saúl era el primer rey oficial de Israel. Abimelec se hizo rey antes, durante los días de los jueces. El mató a sus setenta hermanos y, con el apoyo de los de Siquem, llegó a hacerse rey y déspota. Fue apoyado por una minoría (Jue_9:6). El pueblo había deseado hacer a su padre, Gedeón, rey sobre la nación, pero él se negó a tal puesto, diciendo: “Jehová reinará sobre vosotros” (Jueces 22,23). Pero Abimelec buscó su propia gloria.


Aun en días de Pablo, él lamentó: “Todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús”. Por lo tanto él aconsejó: “No mirando cada uno por lo suyo propio ... que haya en nosotros este sentir que también en Cristo Jesús” (Flp_2:4, Flp_2:21). Cristo se humilló y el Padre lo exaltó. El creyente que se humilla será ensalzado por Dios para ocupar un lugar de responsabilidad entre las iglesias.
Abimelec se levantó por voluntad propia. Ganó el apoyo de unos pocos más de Siquem. Pero tuvo que ceder a la malicia, la carnalidad y el orgullo para lograr su puesto. Jotam, el único hermano suyo que sobrevivió, propuso la parábola de los árboles, para manifestar lo ridículo de tener tal déspota por líder. El habló de tres árboles que tenían carácter digno de gobernar, y de otro incapaz (Jue_9:8-15).

El olivo, porque tenía su aceite.

Esto nos recuerda que el que será útil en la iglesia necesita la unción del Espíritu Santo. El aceite siempre habla del Espíritu (vea Zac_4:3, Zac_4:6, Zac_4:13-14 y Hch_10:38). Cada creyente tiene al Espíritu porque somos sellados por Él y nuestro cuerpo es su templo (Efe_1:13,  1Co_6:19). Pero el Espíritu no llena a todos porque su llanura depende de la vida espiritual de cada individuo. (Efe_5:18). Hay que vaciar una copa para poderla llenar con otra cosa. Si estamos vanagloriosos, estamos llenos de nosotros mismos. Si confiamos en nuestra propia capacidad, estamos llenos de la sabiduría humana. Si desobedecemos la Palabra de Dios o pecamos, entonces contristamos, o apagamos al Espíritu (Efe_4:30, 1Ts_5:19). Impedimos que Él actúe en nosotros. Si no estudiamos la Biblia para que su Palabra more en nosotros, el Espíritu no tiene sustancia que usar en nosotros para poder impartir bendición a otros. Nuestro servicio estará vacío.

La higuera, porque tenía dulzura y buen fruto.

El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. El que no desarrolla estas características de Cristo no es capaz de servir bien a Dios. Su carácter es amargo; le falta la dulzura de Cristo. La miel (prohibida en los sacrificios, Lev_2:11) representa la dulzura que es terrenal, distinguida por adulación, la lengua blanda que acompaña el beso traidor. Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece. El que guarda rencor y no perdona, no ama; es amargo. El que lleva la “cara larga” no pública el evangelio con gozo; es amargo. El iracundo no tiene espíritu pacífico; es amargo; no lleva la dulzura del fruto del Espíritu. Los tales no sirven de predicadores del evangelio, ni dan buen ejemplo como maestros de niños en la clase bíblica.

La vid alegra a Dios y a hombres.

Les agrada; es a su gusto. Asimismo el creyente debe vivir para agradar a Dios. Enoc tuvo tal testimonio de haber agradado a Dios (Heb_17:5). Ni aun Cristo se agradó a sí mismo (Rom_15:3). Cuando hacemos la voluntad de Dios y no la nuestra propia, entonces alegramos el corazón de Dios.
Al contrario, la zarza no servía como “rey”, porque tiene espinas. 
Solamente hiere y produce dolor. “La que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada. Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación” (Heb 6:8-9). La lengua no domada suelta palabras que hieren como espada (Sal_57:4).

El fin de Abimelec era vergonzoso; una mujer lo venció y lo destruyó. ¡Ojalá que aprendamos a buscar con humildad las cosas del Señor para manifestar el fruto del Espíritu para que Dios nos pueda ensalzar y hacer útiles!

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